Hay una idea que está profundamente instalada tanto en la empresa como en la vida personal: dar mucho es bueno.
Ser generoso, implicarse más que los demás, estar disponible y asumir más responsabilidad de la que toca suele interpretarse como compromiso, como liderazgo o incluso como calidad humana.
Y, en muchos casos, lo es.
El problema aparece cuando ese dar deja de ser puntual y se convierte en una forma habitual de relacionarse, porque entonces empieza a generarse algo que no siempre es evidente al principio, pero que termina teniendo consecuencias muy claras: un desequilibrio en el intercambio que sostiene la relación.
Y ese desequilibrio, si se mantiene en el tiempo, acaba pasando factura.
En cualquier relación entre adultos (ya sea en pareja, entre socios o dentro de un equipo) existe una dinámica básica que no siempre se ve, pero que está funcionando constantemente:
El intercambio entre lo que das y lo que recibes.
Ojo, no se trata de que todo esté medido al milímetro ni de que haya una contabilidad exacta de quién da qué en qué momento y cantidad. Se trata más bien de una percepción interna, de una sensación bastante clara de si lo que estás aportando tiene una correspondencia razonable con lo que recibo del otro lado.
Cuando esa sensación está presente, la relación fluye con naturalidad; todos se sienten bien, no hace falta forzarla, sostenerla ni compensarla continuamente. Cada uno ocupa su lugar y el vínculo se mantiene con relativa facilidad.
Sin embargo, cuando ese equilibrio se rompe, empiezan a aparecer pequeños ajustes que el propio sistema intenta hacer para compensar. Y esos ajustes son los que, poco a poco, van deteriorando la relación.
Esto se observa con mucha claridad en entornos profesionales.
Personas que asumen más carga de trabajo de la que les corresponde, que se anticipan constantemente a los problemas, que resuelven antes de que se les pida y que, en la práctica, terminan sosteniendo dinámicas que deberían ser compartidas.
A corto plazo, esto puede parecer eficiente. Incluso necesario; pero, a medio plazo, genera dos efectos muy claros.
Y ahí es donde el vínculo empieza a deteriorarse de verdad, no por falta de capacidad ni de compromiso, sino por un desequilibrio que se ha ido consolidando sin que nadie lo haya cuestionado.
Aquí viene una de las partes más menos intuitivas de la Sistémica…
No solo se rompe una relación cuando das demasiado; también se rompe cuando recibes más de lo que puedes devolver.
Esto pasa en parejas, pero también en equipos.
Personas que reciben ayuda constante, apoyo continuo, oportunidades… pero que, por el motivo que sea, no pueden equilibrarlo.
Y eso genera algo muy concreto: Deuda.
No una deuda económica, sino una deuda emocional y sistémica que, cuando se vuelve demasiado grande, genera una incomodidad que se traduce en la sensación de no estar a la altura, de no poder corresponder, de no ser capaz de devolver en la misma medida
Y muchas veces, la única forma que encuentra el sistema de resolver eso es rompiendo el vínculo.
Por eso, en ocasiones, quien más ha recibido es quien acaba alejándose.
En el entorno profesional esto tiene consecuencias muy claras; cuando una persona siente que da más de lo que recibe:
Y no siempre de forma consciente.
Simplemente ajusta su energía al equilibrio que percibe, o que conecta directamente con algo que ya hemos visto en otros artículos: cuando el sistema deja de ser justo, las personas dejan de sostenerlo con la misma implicación (y por eso se te va la gente buena).
Pero también ocurre lo contrario.
Cuando alguien recibe sin aportar en la misma medida (por ejemplo, cuando se da un ascenso no merecido o se recibe un reconocimiento que no se ha ganado) el sistema se resiente de una manera muy evidente: los demás empiezan a compensar “la injusticia”.
¿Cómo?
Bajando su rendimiento. Desconectándose. O incluso generando conflicto.
Y esto que podría interpretarse como “rebeldía” no es más que el modo que tiene el sistema de intentar volver al equilibrio.
Aquí es donde muchas personas se equivocan, porque no todos los vínculos se rigen por la misma lógica.
En las relaciones entre adultos (pareja, empresa), el intercambio es condicional:
Doy y recibo. Recibo y doy.
Pero hay un sistema que es fundamental para todos los seres humanos donde esto no funciona así, pero nos empeñamos en que así sea: la familia.
En la relación entre padres e hijos, es evidente que el equilibrio no es entre iguales.
El principio es simple: los padres dan y los hijos reciben.
Y lo que se da (la vida) no se puede devolver.
Sin embargo, muchas personas, de forma inconsciente, intentan hacerlo, cuidando emocionalmente a sus padres, responsabilizándose de su bienestar e intentando compensar lo que sienten que recibieron.
Y aunque la intención sea buena, el efecto no lo es, porque el hijo deja de estar en su lugar y empieza a cargar con algo que no le corresponde.
Hace poco trabajaba con una cliente que reflejaba esto perfectamente. Era la hija pequeña de una familia en la que el padre estaba mayor y enfermo, y la madre había decidido (por voluntad propia) quedarse a su cuidado. Sus hermanos habían construido su vida en otras ciudades, con sus familias y sus trabajos, mientras que ella se había quedado cerca.
No porque nadie se lo hubiera pedido directamente, sino porque sentía que debía hacerlo.
Se había convertido en el principal sostén emocional de su madre. Estaba pendiente, disponible, resolvía, acompañaba… y, sin darse cuenta, había dejado su propia vida en un segundo plano.
Lo curioso es que, lejos de mejorar la relación, cada vez discutían más.
Ella se sentía agotada, poco reconocida y, en el fondo, injustamente cargada. La madre, por su parte, se sentía invadida, corregida y, en algunos momentos, incluso cuestionada.
Y ahí está la clave.
Aunque la intención de la hija era buena, estaba ocupando un lugar que no le correspondía. Estaba intentando compensar hacia arriba algo que, sistémicamente, no se equilibra así. Y cuando eso ocurre, la relación deja de ser natural y empieza a generar fricción.
Esto suele traducirse en sensación de peso constante, dificultad para avanzar en la propia vida y bloqueo en decisiones importantes. No porque lo esté haciendo mal, sino porque está intentando equilibrar algo que no se equilibra así.
Entonces… ¿cómo se equilibra?
Aquí está la clave.
En sistemas donde el intercambio no puede ser directo (como la familia), el equilibrio no se hace hacia atrás: se hace hacia adelante.
Un hijo no compensa a sus padres devolviéndoles lo que recibió: compensa viviendo su vida, construyendo algo propio y, si tiene hijos, transmitiéndoles lo que recibió.
En empresa o pareja, el equilibrio sí es directo, pero requiere algo que muchas veces falta: conciencia de cuánto estás dando, cuánto estás recibiendo y de si ese intercambio es sostenible en el tiempo.
Sé que este es un tema difícil de digerir, por muchas personas, porque hay emociones muy fuertes entremezcladas, pero también sé que cuando lo ves y decides dar el paso de cambiar la dinámica del sistema, la vida de ambas partes cambia.
Si es tu caso, te digo desde ya que no necesitas hacer grandes cambios; solo tienes que empezar a hacerte preguntas sencillas:
Ahí suele estar el origen de muchos conflictos que, en apariencia, no tienen explicación.
Todo esto que has leído responde a otra de las leyes fundamentales de la Sistémica-HS®: el equilibrio entre dar y tomar, que explica por qué algunas relaciones se sostienen con facilidad… y otras, aunque haya buena intención, terminan rompiéndose.
Si al leer esto te has visto reflejado en alguna situación, tiene sentido que no te quedes solo en entenderlo, porque estas dinámicas no se resuelven solo pensando más sobre ellas, sino viéndolas en contexto y recolocando el sistema.
Estos son el tipo de casos que trabajamos en el Laboratorio Sistémico.
Son sesiones mensuales en directo donde analizamos situaciones reales y vemos qué está pasando en cada sistema y cómo intervenir con criterio.
Y quiero decirte algo que tal vez te esté frenando: no necesitas exponerte.
Aunque las sesiones son a cámara abierta, puedes plantear tu caso desde el anonimato y trabajarlo con la misma profundidad, sin tener que explicarte públicamente ni desvelar que es tu situación o verlo después en la grabación (tienes 30 días para hacerlo).
Si te encaja el momento, puedes ver la información aquí y reservar tu plaza para la próxima sesión.
Nos vemos en el Laboratorio