Por qué tu equipo no mejora aunque todos se esfuercen? Por Angel de Lope

Trabajan muchas horas. Le ponen ganas. Se implican. 

Y, sin embargo, los resultados no mejoran.

Esto es más común de lo que parece: equipos entregados, agotados… y frustrados porque nada termina de funcionar.

Desde fuera puede parecer que el problema está en la estrategia, en los recursos,  o en la organización o incluso en alguna persona en concreto.

Pero muchas veces el verdadero problema está en el propio sistema.

Y si el sistema está desordenado, da igual cuánto se esfuerce cada uno por separado: el conjunto no va a avanzar, porque no puede.

Hoy quiero ayudarte a mirar eso que no se ve: la estructura invisible que está sosteniendo el bajo rendimiento, a pesar del esfuerzo.

Y darte claves para empezar a recolocar el sistema de tu equipo (sin exigir más esfuerzo del que ya dan).

 

Más esfuerzo no siempre es más resultado

¿Recuerdas la propiedad conmutativa en matemáticas? 

Esa que dice que el orden de los factores no altera el producto. Pues en los equipos humanos sí lo altera. Porque aquí, el orden sí importa.

También pasa con la propiedad asociativa.

En teoría, da igual cómo agrupes los elementos de una suma; pero en los equipos, cómo se relacionan las personas entre sí lo cambia todo.

Puedes tener a personas muy válidas, muy implicadas, muy comprometidas… y aún así, que el conjunto no funcione, porque un equipo no funciona por la suma de personas motivadas. 

Funciona cuando el sistema que las une está ordenado.

Lo que bloquea no siempre es lo que falta, sino lo que está descolocado:

  • Personas que están asumiendo roles que no les corresponden.
  • Jefes que siguen actuando como compañeros.
  • Compañeros que actúan como padres.
  • Conflictos que se repiten, pero no se nombran.
  • Normas implícitas que pesan más que los objetivos.

Te doy un ejemplo real. 

En una PYME del sector creativo, el CEO había ascendido a una antigua compañera al rol de responsable de equipo. Tenía experiencia, motivación y confianza… Pero los resultados no llegaban. 

El equipo no respondía, había tensión, dobles mensajes, falta de foco.

Al mirar con perspectiva sistémica, era evidente que el equipo la seguía viendo como «una más». Y ella, por lealtad o por miedo a perder la parte del trato personal, evitaba poner límites claros. Seguía actuando como compañera, no como responsable.

Era evidente que no se trataba de un problema de capacidad, sino de un problema de lugar.

Lo peor de todo es que una situación así desgasta, y mucho, aunque no se vea. Y ese desgaste interno es el que impide que el esfuerzo externo se convierta en resultados.

 

Un equipo sin orden está condenado al sobreesfuerzo

Cuando el sistema está desordenado, los equipos tienden a  compensar y se esfuerzan el doble para lograr la mitad. 

Pasa como con una orquesta mal afinada: no importa lo bien que toque cada músico si no hay armonía entre ellos. En vez de melodía, hay ruido. Y por mucho que se esfuercen, no suenan mejor: suenan más fuerte.

Eso mismo les pasa a muchos equipos: para compensar el desorden, trabajan más. Se esfuerzan el doble para lograr la mitad. Asumen tareas que no les tocan. Toman decisiones que no les corresponden. Callan lo que molesta. Aguantan lo que incomoda.

Desde fuera parecen muy implicados. Desde dentro, están agotados.

Para que me entiendas, así mismo fue la última etapa de los Beatles: cuatro genios trabajando sin un sistema claro que los sostuviera. Cada uno tiraba por su lado, los roles estaban confusos, los conflictos silenciados. El talento individual seguía intacto, pero como grupo ya no funcionaban.

Ese sobreesfuerzo invisible es una señal clara de desorden. 

Porque cuando cada uno está en su lugar, haciendo lo que le toca, sin cargar con lo que no es suyo, todo fluye mucho mejor. Y los resultados (grupales) mejoran.

Así que ya te imaginas cuál es la moraleja: no se trata de exigir más, sino de recolocar lo que está fuera de sitio.

 

Si el sistema se ordena, los resultados llegan (sin tanto desgaste)

Hay equipos que no necesitan trabajar más, sino trabajar mejor. Y trabajar mejor no es solo planificar, priorizar o delegar: es ordenar el sistema.

Eso implica, por ejemplo:

  • Que cada uno sepa cuál es su función (y la del resto).
  • Que haya un lugar claro desde donde se toman las decisiones.
  • Que los límites estén claros.
  • Que lo que se espera de cada uno se pueda decir sin miedo.

Cuando eso se recoloca, no hace falta pedir más compromiso: aparece solo. 

 

Señales de desorden sistémico en los sistemas

Puedes empezar observando si en tu equipo se da alguna de estas tres señales:

  1. Si el equipo se desgasta emocionalmente hay desorden. ¿Cómo te puedes dar cuenta de esto?
    • Cuando cada reunión deja a todos más tensos que antes.
    • Cuando entregar un proyecto genera más ansiedad que satisfacción.
    • Cuando cualquier sugerencia de cambio provoca resistencia, quejas o desconexión.
    • Cuando hay muchas bajas, cansancio acumulado o apatía general.

No se trata de que el trabajo no canse. Se trata de que, si cansa más de lo que motiva, hay algo que no está bien colocado.

  1. Si los roles cambian según el día o la urgencia, hay confusión jerárquica, porque sin una estructura clara, el sistema obliga a compensar. Señales claras son, por ejemplo:
    • Hoy decide uno, mañana otro, pasado no decide nadie.
    • Un miembro del equipo se convierte en “el que siempre soluciona todo” sin ser su función.
    • La dirección interviene solo cuando hay lío, y se desentiende el resto del tiempo.
    • Se generan “microautoridades” informales que influyen más que el responsable real.

Cuando el liderazgo no está claro (y no hablo del organigrama impreso), el equipo no se ordena: se descompensa.

  1. Si las conversaciones importantes se evitan, hay temas excluidos. Y lo que se excluye, se repite. Normalmente, lo que pasa es que:
    • Hay tensión en el ambiente; aunque nadie lo verbalice, todos lo notan.
    • Se repiten errores, pero no se analizan con honestidad.
    • Todos saben que algo no funciona, pero se hace como si nada.
    • Las decisiones clave se toman fuera del equipo o entre pocos, y no se explican, se imponen.

Si no hay un espacio para hablar de lo importante, el sistema encontrará el modo de expresarse por sí solo: en forma de bloqueos, rotaciones o mal clima.

Cuando el sistema se ordena, el equipo responde (sin tener que exigir más)

Ahora ya has visto, que no hace falta exigir más implicación, más energía ni más compromiso.

Cuando el sistema está ordenado, todo eso aparece solo.

Porque las personas no funcionan bien solo por motivación o por presión; funcionan bien cuando tienen un lugar claro, una función definida, unas reglas justas y un marco seguro donde poder aportar lo mejor de sí.

El desorden agota. El orden libera.

Y cuando el sistema interno del equipo se recoloca, el cambio no es solo visible: es sostenible.

Por cierto…

Si quieres hacerlo 100% perfecto, te recomiendo que antes de hacer nada más, le eches un ojo al artículo Cómo comunicar en el trabajo sin generar conflictos.

Verás como todo fluye mejor.

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