El objetivo de cualquier empresa es crecer.
Por eso, cuando lideras una empresa, hay decisiones que parecen totalmente lógicas: cerrar una etapa, cambiar de socios, reestructurar un equipo…
En definitiva, dejar atrás lo que “ya no funciona” para evolucionar y poder seguir creciendo.
Antes de tomar este tipo de decisiones, se suelen hacer muchos números, muchas reuniones, mucho darle vuelta a la cabeza hasta que todo encaje y tenga sentido.
Y sin embargo… una vez que se toma la decisión, algo empieza a torcerse.
El ambiente cambia.
Aparecen tensiones extrañas.
Surgen bloqueos difíciles de explicar.
El sistema pierde fuerza.
Y nadie sabe muy bien por qué, porque, en apariencia, todo se hizo bien.
Si te ha pasado antes o estás viviendo una situación similar, que sepas que es muy probable que hay algo que no se tuvo en cuenta.
Algo que no se ve y que, sin embargo, lo condiciona todo.
En cualquier sistema humano (empresa, familia, equipo) hay una ley básica:
Todo miembro del sistema tiene derecho a pertenecer al propio sistema.
Pero… ¿Qué significa realmente “tener derecho a pertenecer”?
Significa algo muy sencillo: que no puedes borrar a alguien como si no hubiera existido.
Me refiero…
Cuando haces eso, no estás cerrando el tema, estás excluyendo esa parte del sistema, y el sistema no funciona bien cuando excluye partes de sí mismo. Porque, aunque tú no lo nombres… el sistema sí lo tiene en cuenta.
Por eso, cuando alguien es excluido (de forma explícita o sutil) se genera una perturbación que no siempre es visible, pero te aseguro que siempre se activa.
Ojo, esto no significa que haya que evitar tomar decisiones difíciles.
O que no puedas despedir a alguien, cerrar una etapa o romper una relación profesional.
Claro que puedes.
La diferencia no está en la decisión; está en cómo colocas eso dentro del sistema.
Puedes cerrar una relación… o puedes borrar a la persona.
Puedes tomar una decisión… o puedes negar lo que esa persona aportó.
No es lo mismo.
Cuando borras, el sistema se desajusta, pero cuando reconoces e integras, el sistema puede seguir avanzando.
Y esa es la clave de todo.
Imagina una empresa donde echan a un socio fundador o un directivo clave es despedido en conflicto o hay una etapa anterior se quiere olvidar por completo.
En esas situaciones lo más común es que se tome una decisión implícita: “De esto no se habla más”
Y no se habla más: se elimina de conversaciones, no se menciona el nombre, se pasa página.
Desde fuera parece sano, inteligente, estratégico incluso.
Pero sistémicamente no lo es, porque el sistema interpreta otra cosa: “Alguien ha sido excluido.”
Y la conciencia grupal, esa fuerza invisible que mantiene la coherencia del sistema, no lo permite.
Vamos a profundizar en esto…
La conciencia grupal no es algo emocional, sino estructural; es lo que garantiza que el sistema se mantenga íntegro y tiene una regla clara:
Nadie puede ser olvidado sin que haya consecuencias.
Cuando alguien es excluido, el sistema intenta compensarlo, de muchas y muy diferentes maneras, porque esa compensación no suele ser directa.
Pasan cosas como que:
Desde fuera parece casualidad, pero es coherencia del sistema intentando integrar lo que fue excluido.
Uno de los ejemplos más claros ocurre en procesos de fusión, cuando dos empresas se unen, en teoría, para crecer. Pero en la práctica, muchas fracasan.
¿Por qué? Porque una intenta imponerse sobre la otra.
Se mantiene una cultura y se borra la otra, ignorando la historia previa.
Esto lo que realmente hace es lanzar un mensaje claro: “A partir de ahora, esto es lo válido.”
¿Qué hace el sistema? Pues, evidentemente, se resiste y empiezan a aparecer luchas internas, pérdida de compromiso, incluso sabotajes silenciosos…
Lo que hay ahí no es un problema de estrategia.
Es de pertenencia, de desalineación, porque una parte del sistema no ha sido reconocida y el sistema no puede avanzar dejando atrás partes de sí mismo.
Como te decía un poco más arriba, no se trata de que evites las decisiones difíciles ni que le tengas que dar la razón a todo el mundo.
En absoluto.
Hablamos “solo” de reconocer y reconocer no es justificar, sino aceptar que algo o alguien formó parte del sistema, que tuvo un lugar, que aportó algo, aunque después hubiera conflicto o la relación terminara mal.
Y esa es la diferencia entre excluir e integrar:
Excluir es no nombrar, negar, minimizar y borrar a alguien del recuerdo colectivo de ese sistema.
Integrar es reconocer, nombrar, dar su lugar e incluir en la narrativa del sistema
Y esto no es un detalle.
Es estructural.
Porque un sistema solo puede avanzar cuando está completo.
Cuando algo no fluye en una empresa, casi nadie se pregunta esto:
¿A quién o a qué estamos dejando fuera del sistema?
Y sin embargo, muchas veces ahí está la clave. No se trata de ver lo que falta, sino de lo que fue eliminado.
Cuando un sistema reconoce a todos sus miembros, te garantizo que baja la tensión.
Porque desaparecen los conflictos innecesarios y, a partir de ese momento, mejora la cooperación y aumenta la claridad, no porque las personas cambien, sino porque el sistema ya no necesita “compensar” y puede dedicar esa energía a avanzar.
No necesitas hacer grandes cambios. Empieza por observar:
A veces, solo con reconocer lo que fue el sistema ya se recoloca.
La ley de pertenencia es una de las más potentes… y de las más ignoradas, porque no es evidente a simple vista. Pero cuando la ves, no puedes dejar de verla.
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Porque entender lo que no se ve… es lo que permite cambiar lo que sí se ve.