Cuántas personas, en algún momento de la vida, hemos sentido que ya hemos vivido antes una determinada situación, por supuesto desagradable o incómoda… (aunque también las hay agradables y maravillosas, pero este no es ahora el tema).
Y que, de manera incomprensible, la estamos repitiendo.
Me refiero tanto en el ámbito personal como profesional.
Personas preparadas que repiten los mismos conflictos con sus jefes,
incluso en diferentes departamentos.
Relaciones de pareja que se bloquean siempre en el mismo punto,
pero con distintas personas cada vez.
Profesionales que cambian de empresa, pero no de problema,
y reviven las mismas situaciones allá por donde vayan.
Son situaciones que, en apariencia, no tienen explicación. Y lo curioso es que, desde fuera, todo parece distinto, pero desde dentro, la sensación es la misma: que el patrón se repite, inevitablemente, una y otra vez.
Como si, aunque cambien las circunstancias, el resultado acaba siendo el mismo (o muy parecido).
¿Te ha pasado?
Te lo pregunto porque cuando esto ocurre, lo habitual es buscar la causa en el presente: en el nuevo jefe, en la pareja actual, en el equipo al que has llegado o en el contexto.
Pero en la mayoría de los casos, el origen no está ahí…
Está en un sistema anterior que sigue teniendo más peso del que debería.
Tenemos que partir de una premisa indiscutible: todos venimos de un sistema de origen, nos guste o no nos guste.
La familia en la que nacemos, donde aprendemos cómo funcionan las relaciones, cómo se gestiona la autoridad, cómo se da y se recibe, cómo se afronta el conflicto o incluso qué lugar ocupa cada uno.
Ese sistema no solo nos da la vida, sino también una forma de interpretar el mundo.
Y lo hace de una manera tan profunda que, en la mayoría de los casos, no somos conscientes de hasta qué punto seguimos funcionando desde ahí.
No porque queramos, sino porque es lo que conocemos, lo que nos hizo sobrevivir y nos permitió pertenecer y porque, de alguna manera, seguimos siendo leales a ese sistema (incluso aunque haya pasado mucho tiempo desde que formábamos parte de él).
Aquí es donde empieza el desajuste.
Porque crecer no es solo independizarse, trabajar o formar una familia.
Desde la mirada sistémica, crecer implica algo más exigente: dejar de dar prioridad al sistema de origen para poder sostener el sistema actual.
Y esto pasa tanto en lo personal como en lo profesional, mira…
Imagina a esa persona joven que sale de casa de sus padres y se va a vivir con su pareja por primera vez: dos personas que, en teoría, quieren construir algo juntos, pero donde uno (o los dos) siguen emocionalmente más vinculados a su familia de origen que a la relación actual.
En teoría, está creando un nuevo sistema, pero en la práctica, muchas veces no es así.
No siempre es evidente, pero se manifiesta, por ejemplo, cuando una decisión importante se sigue consultando antes con los padres que con la pareja, y ese criterio pesa más que el de la otra persona.
O cuando, aunque sea de manera inconsciente, espera que su pareja cubra necesidades que no se resolvieron en casa (reconocimiento, protección, aprobación…)
En esos casos, la relación empieza a tensarse.
No porque la pareja no funcione, sino porque está ocupando un lugar que no le corresponde.
Y cuando eso ocurre…
Lo habitual es que aparezcan discusiones recurrentes, sensación de distancia o la percepción de que el otro “no es suficiente”.
Esto no solo ocurre en pareja; a nivel profesional puede pasar exactamente lo mismo, te pongo un caso muy habitual.
Un profesional con experiencia, competente, que entra en una nueva organización.
Al poco tiempo, empieza a tener conflictos con su responsable: está todo el tiempo cuestionando sus decisiones, se anticipa, lo corrige… O todo lo contrario, evita posicionarse y espera constantemente validación.
Desde fuera, parece un problema de actitud o de encaje.
Pero cuando se analiza con más profundidad, aparece otra cosa: la relación con la autoridad que esa persona aprendió en su sistema de origen y que afecta directamente a su manera de posicionarse dentro del equipo (que es una de las razones por las que los equipos no son autónomos, por cierto).
Puede venir de unos padres ausentes y, como consecuencia, un patrón de autoridad poco claro o inconsistente.
O que siga emocionalmente vinculado a su antiguo jefe o a su antigua empresa y por eso no deje de comparar, ni termine de implicarse o de posicionarse del todo.
Aunque esté físicamente en un sitio, sistémicamente no esté disponible para ese sistema.
Aquí es donde muchas personas se quedan atrapadas: intentan mejorar la comunicación, aprender otras maneras de afrontar el conflicto, cambiar de entorno, buscar soluciones en el presente…
Y aunque eso puede ayudar, no resuelve el problema de fondo.
Porque si el sistema desde el que estás operando no cambia, el resultado tiende a repetirse y por eso intentar cambiar a las personas o al entorno no suele resolver el problema (lo explico mejor aquí).
Ojo, no estoy diciendo que para avanzar tengas que romper con tu familia o dejar de tener en cuenta lo que aprendiste en trabajos anteriores. Pero sí debes tener presente que lo que decidas hoy no puede estar condicionado por un sistema que ya no es tu principal.
Porque un sistema no puede apoyarse en alguien que no está del todo disponible.
El punto es que mientras sigas actuando desde una posición que pertenece a tu sistema de origen, te va a costar sostener con fuerza tu sistema actual.
Y eso se nota.
Se nota en decisiones que no terminas de tomar, en relaciones que no terminan de asentarse y en equipos que no terminan de responder.
¿Te va encajando?
Cuando esto se recoloca, no cambia el entorno: cambias tú.
Y ese cambio tiene efectos muy concretos.
Y, sobre todo, aparece algo que antes faltaba: fuerza.
Porque cuando ocupas tu lugar en el sistema correcto, dejas de dividir tu energía entre pasado y presente y eso se nota en cómo decides, en cómo lideras y en cómo te relacionas.
No necesitas hacer grandes cambios para empezar a detectarlo.
Solo tienes que pararte y observar:
Plantéate estas preguntas con total honestidad y llegarás a conclusiones interesantes.
No las uses para castigarte, sino para entender desde dónde estás funcionando en este momento… y corregirlo, si no estás a gusto con ello.
Todo esto responde a una de las dinámicas más importantes en Sistémica-HS®: la relación entre el sistema de origen y los sistemas actuales.
Y, sobre todo, a una idea que cambia completamente la forma de mirar lo que te pasa:
El sistema actual prevalece sobre el anterior.
Si te has identificado con alguna de las situaciones que he planteado, tiene sentido que no te quedes solo en entenderlo, porque estas dinámicas no se cambian solo pensando más sobre ellas, sino viéndolas en contexto y recolocando el sistema.
Te doy una opción para que puedas ponerte a ello.
Este es exactamente el tipo de situaciones que trabajamos en el Laboratorio Sistémico.
Son sesiones en directo donde analizamos casos reales y vemos qué está pasando en cada sistema y cómo intervenir con criterio, sin quedarse en la teoría y aplicando la metodología sistémica, claro.
Y hay algo importante si esto te interesa pero te frena exponerte: no necesitas hacerlo.
Aunque las sesiones son en directo, puedes plantear tu caso desde el anonimato y trabajarlo con la misma profundidad, sin tener que explicarte públicamente.
Si te encaja el momento…
Puedes ver la información aquí y reservar tu plaza para la próxima sesión (normalmente, el primer martes de cada mes).