Por qué intentar cambiar a los demás no resuelve los problemas (y qué hacer en cambio) por Angel de Lope

Hay una escena que se repite constantemente en las empresas y equipos que me contactan:

Casi siempre hay un líder frustrado “luchando” con un equipo que “no responde”, repitiendo las mismas conversaciones una y otra vez y haciendo mil y un intentos para cambiar las cosas…
que nunca cambian.

Y hay una frase que aparece en todas las ocasiones:

“Es que ya no sé qué más hacer con esta gente.”

Porque el líder considera que ha hablado todo lo que tenía que hablar, se ha explicado, ha exigido, ha insistido por las buenas y por las malas…

Y nada cambia. O cambia… durante una semana.

En poco tiempo, vuelve a lo mismo.

Ahí es donde empieza la Sistémica.

 

El error de origen: mirar personas aisladas

Cuando algo no funciona, lo habitual es buscar responsables.

Buscar al que no da la talla, al que no se implica, al que no tiene actitud…

Y aunque estés pensando en empresas, aplica del mismo modo a sistemas familiares o personales: el hijo que no espabila, la pareja que “no cambia”, el socio que no está a la altura…

Lo que es común en cualquier situación similar es que el foco se pone en la persona.

Y en ese punto nos esforzamos muchísimo en intentar que “esa persona” cambie.

Que entienda.
Que mejore.
Que se implique más.

Pero hay un problema de base que hace que no se resuelvan los problemas: estás mirando mal.

Intentando cambiar una pieza sin mirar el sistema al que pertenece.

Pero en un sistema nadie actúa de forma aislada y por eso la solución tampoco puede ser individual.

 

El cambio de lente: de la persona al sistema

La Sistémica no empieza cambiando comportamientos; empieza cambiando la forma de mirar.

Dejas de ver individuos sueltos… y empiezas a ver un sistema, que es un conjunto de elementos interconectados que se influyen mutuamente.

Un equipo.
Una empresa.
Una familia.

Donde cada acción genera una reacción y cada movimiento tiene consecuencias.

Y donde muchas veces, lo que ves no es la causa.

Es el EFECTO.

 

Lo que no ves es lo que mueve todo 

Imagina una oficina con problemas constantes: no dejan de repetirse los mismos errores, hay mal ambiente, tomar cada decisión lleva una eternidad, hay conflictos entre departamentos…

Desde fuera, parece un problema de personas.

Pero ahora imagina que esa oficina es como una casa y dentro de las paredes hay un cableado defectuoso.

Los interruptores fallan, las luces parpadean, algunos enchufes no funcionan.

¿Qué haces en ese caso, cambiar las bombillas?

Pues justo eso es lo que hacemos muchas veces en las empresas con problemas; intentamos cambiar a las personas (las bombillas)… cuando el problema está en el cableado.

Y el cableado no se ve, pero es lo que hace que todo funcione… O no.

 

Por qué cambiar a los demás no funciona (o dura poco)

Cuando intentas cambiar a alguien dentro de un sistema que está desordenado, pasan tres cosas:

  1. El cambio no se sostiene.
  2. El sistema “empuja” para volver al estado anterior.
  3. Aparece el mismo problema en otra persona.

Es lo que ocurre cuando, por ejemplo, formas a alguien y no aplica, o corriges a alguien y reincide o sustituyes a alguien… y el siguiente hace lo mismo.

No es casualidad: es estructura.

El sistema está configurado para producir ese resultado;  mientras no cambie el sistema, el resultado va a repetirse una y otra vez.

 

Un ejemplo muy habitual (y muy revelador)

Un CEO me decía: “En mi equipo nadie toma la iniciativa, nadie propone nada, yo me quedo sin ideas… y si nadie que me ayude a tenerlas…”

Había probado de todo…
Delegar más, exigir más, poner más formaciones, premios por departamento, cursos de comunicación laboral efectiva

Pero nada funcionaba.

 

Cuando miramos el sistema apareció algo clave: él decidía siempre al final.

Cuando se planteaba una propuesta o una posible solución, siempre, absolutamente siempre, matizaba algo, ajustaba una parte, reformulaba la solución de algún modo… Y era él quién siempre cerraba.

Y fíjate, no era porque tuviera una necesidad innata de tener el control.

Era por responsabilidad, porque consideraba que, como jefe, tenía que aportar algo siempre.

Él lo hacía con esa intención, pero el sistema había entendido (y aprendido) otra cosa diferente, que se había grabado en el sistema: “La decisión real no es nuestra. No tenemos ninguna capacidad de decisión”

Y por eso, el resultado no podía ser otro más que un equipo que deja de decidir.

Que tampoco lo estaban haciendo por incapacidad, sino porque era lo que habían “aprendido”.

 

La pregunta que lo cambia todo

Aquí es donde aparece la pregunta incómoda, esa que cambia el enfoque y le abre la puerta al trabajo real:

¿Qué tengo que cambiar yo para que esta situación mejore, aunque el “otro” no cambie?

Ojo que esta no es una pregunta fácil.

Porque desplaza el foco de fuera a dentro; de los otros… a ti.

Pero es la única pregunta útil cuando trabajas con sistemas, porque tú no puedes cambiar a los demás, pero sí puedes cambiar:

  • tu lugar
  • tu forma de intervenir
  • tu manera de sostener el sistema

Y cuando eso cambia… El sistema responde.

 

No es lo que haces, es desde dónde lo haces

Muchos líderes hacen cosas correctas… desde un lugar equivocado.

Esas situaciones en las que delegas, pero intervienes; escuchas, pero para corregir; dices que confías… pero revisas todo.

En esas situaciones, el sistema no interpreta lo que dices, sino lo que sostienes.

Por eso, en Sistémica, no trabajamos solo el “qué hacer”, sino (y sobre todo), el lugar desde el que haces, porque ese lugar es el que configura el sistema.

 

La clave está en que cuando cambias tú, cambia el sistema

Y te garantizo que esto no es una teoría de la que te quiera convencer, es algo que se observa constantemente y que tú puedes comprobar.

Cuando un líder deja de intervenir antes de tiempo, devuelve responsabilidades, reconoce de forma ajustada u ocupa su lugar sin invadir otros, el sistema cambia.

No siempre de forma inmediata, pero sí de forma consistente.

Empieza a aparecer:

  • más autonomía
  • más implicación
  • menos fricción
  • más claridad

No porque la gente “haya mejorado”, sino porque el sistema deja de bloquear y permite ese movimiento.

La parte incómoda (y necesaria) es que aceptar esto tiene una consecuencia, ya no puedes decir: “Es que la gente es así”, ¿sabes por qué? 

 

Porque si el sistema influye… Tú formas parte del sistema, y tu forma de estar en el sistema influye.

Y mucho.

Tampoco se trata de responsabilizar a nadie, pero sí de que te des cuenta de la responsabilidad que tienes: responsabilidad estructural.

 

Si quieres empezar a mirar diferente

La buena noticia es que ahora ya sabes que en la mayoría de ocasiones no se trata de hacer más cosas, sino de empezar a mirar de distinta manera, para entender que lo que se ve, solo es una parte.

Por eso, cuando cambias la lente, cambia lo que ves. 

Y cuando cambia lo que ves también se modifican tus decisiones, con las que cambia el sistema, que empieza a responder a la nueva manera en que está ordenado.

Pero si intentas cambiar a alguien sin cambiar el sistema, el problema no desaparece: se desplaza.


La noticia menos buena es que este cambio de lente no se hace de un día para otro; requiere práctica. constancia y contraste para poder ver tus sistemas en movimiento.

Si te interesa seguir desarrollando esta mirada, puedes suscribirte a mis Cartas Sistémicas.

Cada semana comparto reflexiones breves donde analizamos situaciones reales desde esta perspectiva y te las envío al email a primerísima hora.

Porque a veces no necesitas más herramientas sino aprender a ver lo que hasta ahora no estabas viendo. 

Y eso, cuando ocurre, lo cambia todo.

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